Crónica de una pasión

Salgo del metro y no ubico hacia qué lado caminar. Me toma por sorpresa una feria ubicada a lo  largo y ancho de la calle. Camino hacia la derecha pues acabo de ver un monumento de Cristo a lo lejos. No conozco nada por aquí, es mejor caminar con suspicacia y evitar desencuentros. Evito preguntar por la calle Ayuntamiento para no levantar sospechas de mi foraneidad pues alguna vez escuché decir que si vas a la Pasión de Cristo en Iztapalpa es mejor ir en grupo.

El colorido de los puestos de la feria y la muchedumbre que caminaban, me daban la confianza para sentirme un poco más seguro. En la primera cuadra doble a la izquierda tal como recordaba el mapa visto en internet. Allí ya no había juegos de la feria sino gente que se dirigía hacia un lugar. Era el medio día y el sol estaba en la cúspide para calentar a todo aquel que se postrara bajo su manto. Me continúo y lo que veo son personas corriendo a cuestas con una cruz sobre la calle Ayuntamiento (que en ese momento no sabía el nombre). Pasa frente a mí un joven como de 20 años, 1.70 de estatura, cargando una cruz hecha de vigas que por el sonar sobre el pavimento daba entender que pesaba mucho. Va descalzo, no sé si la velocidad que lleva es para llegar más rápido a su destino, como si fuera una carrera pedestre o si lo que busca es evitar poner por completo la planta del pie sobre el concreto caliente. Por el tumulto de la gente en la calle, por un segundo pensé que se trataba del mismo Jesucristo personificado pero no muchos le daban la importancia que merecía, así que continué caminando.

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Aquí los diferentes barrios viven y celebran su fe de diferentes maneras, así que para no perderme dentro de una de las ramificaciones de la enorme festividad me atrevo a preguntarle a una señora sobre la ubicación exacta de la ramería.

-¿En qué parte va la procesión? (Pensando que ya había comenzado el viacrucis)

-¿Para dónde quiere ir? Ya algunos están subiendo el cerro

-¿Es para allá la crucifixión? (señalo hacia donde antes vi correr al joven con la cruz)

-Sí joven

-¿Pero el viacrucis dónde va?

-¿Dónde quiere ir?

-Alcanzar la procesión

-Aún no se van, ahí todavía está actuando (me señala con la mirada)”

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Si hubiera tomado más atención, quizá por sentido común me habría dado cuenta que la escenificación estaba a unos 30 metros de donde estaba parado. Lo que me distrajo fueron mis primeras impresiones de esa forma tan apasionada de vivir el fervor, además de que no había desayunado (aun sabiendo que las autoridades lo habían recomendado). Era todo un mercadillo con vendimias de todo tipo, de lo religioso poco; lo que predominaba era la venta de sobrillas, nieves, cocteles de fruta, agua y refrescos. Las calles estaban inundadas pero no había tanto tumulto como me lo imaginé. Caminé a prisa a un escenario para evitar perderme de los pormenores de la representación. Al unísono se escuchaba:

-¡Justicia, ¡Justicia, que salga el gobernador!”

 -Sí, sí que salga el gobernador”

-Sí, que salga Poncio Pilatos”

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El templete semejaba a una amplia pirámide hexagonal con dos desniveles, abajo del escenario tenían al Mecías, su madre y un grupo de personas que representaban el pueblo de aquella época. Un silencioso ángel presenciaba el hecho a unos metros de distancia, siempre como un guardián atrás de su amo. En el primer desnivel se encontraban unos soldados romanos de piel morena de Iztapalapa muy ejercitados, con cortes modernos en sus cabelleras, vestidos de un rojo deslumbrante. Más arriba estaba Poncio Pilatos y un séquito de mujeres vestidas con telas de gaza de colores melón y azul turquesa.

En un espacio contiguo de lado derecho había otro escenario. Aquí había un grupo de músicos y una mujer danzando con música árabe. Ellos eran los encargados de dar las pausas entre escena y escena del primer escenario.

La escenificación no estaba tan concurrida como lo había pensado, se podía caminar sin tanto problema entre la gente de pie. Me acerqué para apreciar mejor el panorama pero me di cuenta que entre más cerca, era peor pues había gente con paraguas, sombreros y niños sobre los hombros de sus papás que dificultaba la visibilidad. Así que me alejé.

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En un momento reparé que no era religioso y no estaba ahí para conmemorar nada sino que era un periodista y en un remoto caso un turista más que se maravillaba por lo que sus ojos veían. Caminé hacia el centro y quedé un rato de frente al escenario. Aquí, estaba un templete para los medios de comunicación que grababan y transmitían en vivo. Debajo de este templete las personas se paseaban buscando un lugar donde se mirara mejor el espectáculo.

Más de dos mil años han pasado y los contrastes se notan al ver a una jovencita con un atuendo que asemejaba a una mujer de Jerusalén portando entre sus manos un celular para capturar una parte de la escenificación. Llevaba puesto una corona de rosas azules (un estilo puesto de moda entre las jovencitas) una túnica azul y sobre ello un manto rosa. Continuaba caminando e iba encontrando jovencitos adolescentes propias de estas colonias con vestimentas semejantes a los soldados romanos: sandalias con cintas café que cubrían toda la media pierna, túnica roja que los cubría hasta las rodillas (algunos tenían una terminación de faldón), su armadura y el faldín de cuero. Estos no llevaban casco sino una cinta, listón o paliacate rojo amarrado en la cabeza.

“¿Ustedes son actores?

No, estamos de apoyo, hacemos vallas para asegurar el paso de los actores

Pero vienen vestidos de soldados…

Sí, para distinguirnos”

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Y es que aquí, todos buscan ser parte del evento religioso más importante de la religión católica ya que en ese momento Iztapalapa estaba siendo mirado por todo México a través de la cobertura de decenas de medios informativos.

Caminé sobre la calle Aztecas. Esta estaba concurrida por los que venían y los que iban. A lo largo de la calle la gente sacaba sus vendimias para hacer negocio. En los lugares con sombra las personas se arremolinaban y era un oasis para los llamados Nazarenos que su cansancio reposaban sobre las banquetas. Alguno se veían exhaustos, otros más con energía recargada para continuar su recorrido. Armando no sabe exactamente el peso de su cruz y me invita a comprobarlo, cuenta que hace el recorrido por tradición y desde muy pequeño lo viene haciendo.

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Caminando por Lerdo de Tejada todas los vecinos improvisaban sus puestos de nieve, agua o lo que más les acomodaba. Por fin encontré un puesto de comida, eran más de las 12 y mi desayuno fueron cuatro tacos de dorados, dos de papa y dos de queso. Muchas personas compran y se buscan un rincón bajo de la sombra para saborearlas. Al parecer es una familia que se está haciendo de unos cuantos pesos por el evento. “Yo quiero ir solo para criticar su vestimenta o sea, para ver si están bonitos o no, porque para criticar están otras cosas, los bailes o las fiestas”

Mientras saboreo mis tacos puedo ver cada uno de los Nazarenos hacer su recorrido. Algunos llevan una corona en la punta de la cruz, otros la llevan sobre sus cabezas. Algunos corren sobre el asfalto como pidiendo a gritos no sentir lo caliente y llegar lo más rápido al cerro. Ahí va un joven con los pies vendados, otro más con huaraches pues al parecer ya no puede continuar descalzo. Todos llevan a un acompañante, entre los más pequeños van acompañados de sus tíos, hermanos mayores o sus mamás. Los Nazarenos adultos llevan al hermano, al tío o al papá que por momentos se turnan para aligerar la carga y el cansancio.

“Tacos dorados a 8 peso, ricos y bien preparados, ¿cuántos le voy a preparar amiga?” Dice mientras yo me alejo buscando escenas para describir.

Regreso hacia el escenario principal y la escenificación ha terminado. A un costado de la calle yacen algunos soldados romanos sobre las banquetas descansando del sol y a un lado sus caballos. Los Nazarenos llegan desde diferentes direcciones hacia el parque para luego continuar su travesía.

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Me pierdo entre la gente y puedo ver a un grupo de 4 pequeñines vestidos de nazarenos, con túnica morada y mantos con diferentes estampados religiosos. Sus pequeños pies van blindados con vendajes que a lo lejos parecen ser tenis blancos. Dos al parecer son hermanos (entre 7 u 8 años) y llevan una sola cruz con un peso según sus posibilidades que se lo alternan de vez en vez. Más atrás camina la que al parecer es su madre. Los otros dos tienen cerca de 10 años y cada quien lleva su propia cruz, a sus lados van una mujer y un hombre mayor, respectivamente. Todos caminan a paso normal y alcanzan a un niño más que va sentado sobre un caballo. Vestido como todo un soldado romano, con una capa que le llega hasta el rabo del animal. Mira de reojo pasar al grupo de cuatro niños.

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Más adelante se encuentra Luis y a lado su madre que le ayuda a ponerse los huaraches. Tiene 12 años y comenzó la tradición del nazareno desde los 8 años, esta vez es la excepción y lo hace como manda. Su abuelo cayó de un caballo y pide en recompensa que se recupere pronto.

Pareciera que entre los oriundos de Iztapalapa la representación teatral que se hace es para turistas y personas ajenas a los ocho barrios pues cada quien busca vivir su experiencia cargando su propia cruz y así volverse protagonistas de fe y pasión.

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Al llegar a Aldama y Camino Cerro de la Estrella había un centenar de granaderos, me empujan para apartarme y replegarme hacia las orillas y del otro lado de la valla que estaba colocada sobre la calle.

“A las orillas, a las orillas”

“A dónde va”

Hacia allá adelante”

“Aquí ya no puede pasar, haga el favor de quitarse”

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Me di cuenta que a partir de ese punto ya no cualquier persona podía pasar sobre la calle principal. El público debe caminar sobre la banqueta y atrás de las vallas colocadas. Me aparto y me camino directo al cerro. Al llegar, ahí ya se encontraban cientos de nazarenos y vallas en diferentes secciones. Al escenario principal ya nadie podía acceder, el espectáculo se vería a través de pantallas y desde las diferentes secciones cerradas con malla.

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Allí arriba todo era un panorama para ver la ciudad, disfrutar del viento y esconderse del sol de la forma que sea. Muchas familias acostadas en petates que alguien ahí las estaba vendiendo, muchos de ellos era nazarenos que se acostaban para reponer fuerzas y esperar a la procesión de Jesús mientras otros se divertían volando papalotes. El viento y el sol se atenuaban desde ese punto y a ratos el polvo que levantaban miles de pies era molesto al respirar.

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El que llegó temprano apartó un buen lugar para poder ver la crucifixión desde un punto estratégico. Mientras tanto, rodeé hasta llegar al extremo contrario de la zona buscando una rendija para mirar y no encontré nada. Unas familias que viven del lado de donde estaban puestas las tres cruces hacían negocio dejando pasar a la gente desde una entrada clandestina, al parecer todo tenía un precio.

Me regreso por la parte de atrás del escenario principal y aquí era una zona de mercadillo y decenas de mercaderes hacían su agosto vendiendo fruta picada, micheladas, chicharrones, tacos, esquites y demás. Si Jesús mirara que en su propio calvario la gente hacía negocio para verlo morir, no pronosticaría su resurrección al tercer día.

En algún momento Jesús corrió a los mercaderes del templo de su padre a latigazos pero en 2017 no es necesario de un maestro que dé lecciones de moral, ahora eran los de inspección sanitaria que se confrontaban con un líder de esa cuadra que les pedía “un chance” de dos horas para vender. Por un momento el ambiente se tensó, pero al final los inspectores se retiraron.

Mientras disfrutaba de una michelada, me senté sobre la banqueta y llegó un grupo de jóvenes. Traían una botella de plástico con agua y unas rodas de naranja dentro. Aguardiente pensé, pero no, sacaron unos pedazos de tela, lo impregnaron y se quedaron sentados. Eran cerca de seis personas, entre ellos una joven comentó, “vamos asaltar qué hacemos aquí sentados” En un momento más se pararon y se fueron en grupo.

Al regresar hacia el tumulto de gente se estaba llevando a cabo los últimos momentos de Cristo. “En tus manos encomiendo mi espíritu” se escuchaba, entre llantos y quejidos en las bocinas que transmitían los pormenores de los sonidos. En ese preciso instante el ángel que al inició miré, dejaba ir una paloma blanca, estaba parado sobre una escalera justo atrás del crucificado. El público estaba atento sobre las enormes pantallas que transmitían, todos con un nudo en la garganta. Una pareja miraba con atención la escena final, el joven evitaba ver el desgarrador desenlace y miraba hacia otros lados, mientras que su esposa cargaba a su pequeño niño de meses envuelto en una sábana blanca. La cara del esposo mostraba tristeza, sus ojos se resistían a soltar el llanto pero su hombría y su imagen de padre no se lo permitían.

Un poco cansado y agobiado por el sol, recorrí el camino de vuelta y por la misma ruta para evitar perderme. Necesitaba una última entrevista, así que a una cuadra antes de llegar al metro encontré a Arturo de 22 años, cansado y con mucha sensibilidad permanecía sentado al lado de su pesada cruz de 70 kilos. Sentía un orgullo muy grande por haber terminado su recorrido. Comenzó la tradición de Nazareno desde los ocho años por pasión y actualmente por tradición para redimir sus pecados. Comentó que desde hace un año las mujeres comenzaron a vestirse de nazareno y a él le parece muy bien. Aunque quisiera poder representar a Jesús no podría porque tiene un tatuaje en la espalda y las exigencias son muy estrictas, casi a tal punto de ser vírgenes. Cada año hace tres recorridos como todos en los barrios, en domingo de ramos, en jueves y viernes santo. Estaba a dos cuadras de llegar a su casa y con sólo un jalón de cumplir su meta.

Me despido y camino hacia el metro. Aquí la fiesta estaba en su apogeo. Música, gritos y risas inundaban la calle, todos se divertían en los juegos mecánicos de la feria.

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