Kékszakállú: castillos de la vida moderna

 

     Al apreciar cine argentino éste nos evoca de inmediato su contexto contemporáneo e independiente de su industria. Ahora bien, de esta forma hacemos mención de manera imprescindible al género con el que se identifica a la filmográfica argentina a partir de los años 90; el minimalismo. Esto no significa que ellos sean los inventores o los pioneros de tal categoría.

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     El presente escrito no tiene la intención de explorar ni describir este concepto sino adentrarnos en la practicidad para analizar el largometraje Kékszakállú (Dir.Gastón Solnicki, 2016, Argentina, FrutaCine) desde un eje minimalista del género, de esta forma ilustrar y examinarlo de manera crítica y apreciativa.

          Dentro del minimalismo del cine argentino prevalecen trabajos humanísticos plasmados de una esencia natural y exacta de la realidad. Olvidándose y despreocupándose por mostrar una historia o una trama, una dirección o elementos del lenguaje cinematográfico. Lo que prevalece es la esencia misma de la vida y la existencia casi a un nivel de conciencia espiritual.

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Minimalismo en Kékszakállú

     Kékszakállú forma parte del minimalismo cinematográfico argentino debido a que emerge dentro de un momento crucial de ese género. Después de Süden (2008) y Papirosen (2011), Solnicki nos adentra en su tercer trabajo inspirado en la ópera El Castillo de Barba Azul de Béla Bartók; un largometraje esencialmente musical y emocional. Su pasión por este tema se vio plasmada en su primer proyecto en el que retrató la vida musical de Mauricio Kagel a través del Emsamble Süden.

     El género minimalismo está presente en Kékszakállú desde la primera escena en la alberca, con una cámara inamovible en el centro y retratando el comportamiento natural de los niños en algún lugar de Argentina. “Los niños son responsabilidad de sus padres” se lee al subir las escaleras a la zona de clavados y contiene la carga semántica sobre la cual gira el tema de una de las puertas del gran castillo de la existencia: la niñez y la responsabilidad de los padres. De esta manera retrata diferentes situaciones de la vida en la mayoría de sus personajes (Laila Maltz, Natali Maltz, María Soldi, Katia Szechtman, Lara Tarlowski) y que por alguna razón refieren a Judith (eterna enamorada de Barba Azul) ante un asombro por sobrevivir a la realidad actual.

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     Todos vivimos en castillos. Las complejidades de la vida y la existencia, la familia, los padres, el contexto social en el que estamos inmersos. Es lo que Gastón Solnicki busca plasmar en Kékszakállú, apoyándose en la música y la fotografía.

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     El minimalismo puro no existe en este proyecto debido a la existencia de un guión, un sonido, una fotografía, una dirección y un montaje bien estructurados. En algunas escenas, la fotografía es tan estática que el minimalismo cae sobrevalorado ante tanta intervención y la escena parece demasiado fingida debido a que no existe una naturalidad en el tiempo y en la postura de los personajes. Tal es el caso de Laila cuando sola, mira hacia un punto fijo del salón de clases, estática frente a los ensayos de la obra de teatro, o sentada en una silla sobre una mesa con la mirada perdida y sus compañeros a su alrededor.

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     Para conocer el argumento de KékszakállúK es necesario analizar cada una de las escenas por separado y en su conjunto. Todo está implícito. Es un trabajo conceptual y poética donde reina la esencia de los personajes a través de la ambientación y el poder de la música.

Judith, Barba Azul y el Castillo

     Laila Maltz es el personaje central de la historia. Una adolescente viviendo con su padre. Atraviesa varias situaciones que al generalizarlas le dan sentido al filme. Encarna a la Judith de Barba Azul.

     Solnicki retrata la realidad de los jóvenes y de cierta forma a los milenials. Adolescentes viviendo una época de la tecnología y sus problemas de comunicación con personas cercanas a ellos. Tal es el caso de dos escenas donde niños se encuentran casi hipnotizados con el celular en la mano y la segunda, cuando Laila mira con asombro a un hombre trabajar con un aparato de forma mecánica. El futuro lo podemos comprender a través de la mirada de Laila.

     Estos niños y adolescentes abstraídos en la modernidad y retraídos en la soledad, muchas veces sin la atención de los padres. Viviendo en un desinterés por el esparcimiento, la lectura, la cultura y de sus responsabilidades como hijos o consigo mismo; como la escena en que Lara entra a un insectario con una ausencia total de público o cuando Laila parece desinteresarle una carrera profesional o la impotencia de no saber pedir unas fotocopias.

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     Jóvenes inactivos que no se anticipan en la carrera por la vida o la sobrevivencia como lo hiciera un escarabajo joya. Ante su apatía, se les dificulta reconocer su entorno para adentrarse y transformarla.

Evocaciones cinematográficas en Kékszakállú

     Una primera asociación de conceptos al leer el título Kékszakállú fue el filme Attenberg (o La Vida según Attenberg, 2010) de la directora griega Athina Rachel Tsangari. Que si bien no tienen nada en común, sí lo tiene de cierta manera la temática de ambas. La primera significa Barba Azul en húngaro y trata de plasmar el asombro de la vida de los niños, adolescentes y adultos; la segunda, hace referencia a la pronunciación del apellido de David Attenborough y que en forma de ficción y humor negro nos muestra un caso (Marina) del comportamiento de la especie humana. Aquí la música es también un factor importante de la historia. Siguiendo con esta primera asociación, también la singular belleza de Lara Tarlowski como segunda instancia, atrae la atención en uno de los afiches de la película que llegaría a compararla con la de Ariane Labed.

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     Un castillo ‘barbazulado’ más, se encierra en la correlación de visiones y sentimientos en Canino (Kynódontas, 2009) de Yorgos Lanthimos.

     Las anteriores menciones no entran en un género minimalista como en el cine argentino pero la temática no está lejos de lo que Solnicki buscó retratar en Kékszakállú. Haciendo comparaciones externas, lo que se conoce como cine minimalista vendría a ser la combinación de varias normas del llamado Manifiesto del Dogma 95  creado por Lars Von Trier y Thomas Vinterberg. Si nos acercaos un poco a Von Trier encontraremos emociones y sentimientos profundas sobre la vida y el manejo estridente de la música  en Melancolía (2011) como en algunas partes de Kékszakállú con la música de Béla Bartók.

En definitiva, Kékszakállú rompe con el estilo personal de Solinicki forjado por la experimentación y el documental con una historia poética e implícita; se arriesga en abordar el minimalismo desde otras perspectivas de estilo dentro de la cinematografía argentina que van a la par con la competencia entre sus colegas de otros países.

Kékszakállú: castillos de la vida moderna

Por Almacantara.

Kékszakállú. Argentina, 2016, 72 min.

Dirección: Gastón Solnicki (Director), Ignacio Ceroi (Asistente de dirección)

Guión: María Alché Colaboración narrativa, Matthew Porterfield, Guido Segal

Producción: Iván Eibuszyc, Gastón Solnicki

Fotografía: Diego Poleri, Fernando Lockett

Edición: Alan Segal, Francisco D’Eufemi

Música: Béla Bartók

Intérpretes: Laila Maltz, Natali Maltz, María Soldi, Katia Szechtman, Lara Tarlowski, Pedro Trocca.

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