Se acerca el fin de mi mundo

Mirar y callar. Guardar en nuestro interior retazos de sentimientos, emociones o escenas del pasado que las llevamos tan adentro que se enraízan volviéndonos cómplices de un otro que subsiste y se manifiesta frente a los demás. Con el paso del tiempo nos volvemos retraídos en nuestro propio mundo, pareciera que somos unos desconocidos con los amigos y la familia. Nadie sabe el dolor o las ideas más íntimas, dolorosas o deseos más oscuros. Y así seguimos siendo hipócritas como estrategia de sobrevivencia, ignorando el momento su explosión.

El pasado nos marca. Nos va tatuando con el aire que mueve nuestro cabello y nos caricia la cara, con las voces sutiles o valentonadas, con los olores que nos agradan, con las tonalidades del amanecer, del medio día o al anochecer, con los sabores nauseabundos, con las rutinas con papá, mamá, hermanos o amigos, con las risas, los miedos, las añoranzas, las soledades, las preguntas existenciales, las penas, las horas… ante eso siempre buscamos una salida, un camino para la autorrealización, buscamos nuestra propia vida porque la vida en familia solo es una parte de lo que debemos recorrer y aprender.

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A veces, conforme crecemos nos vamos dando cuenta que somos diferentes a la familia, que no pertenecemos ahí. Nuestra vida está en otro lugar, nos alejamos y en algunos casos huimos, a cuestas nuestro pasado y todos sus matices.

Llegará el día del regreso a casa como metafóricamente se le conoce el proceso antes y después de la muerte. Regresar al vientre materno: la tierra, de forma individual al nacimiento. Solo el destino conoce bajo qué condiciones lo haremos.

No es más que el fin del mundo (Juste la fin du monde, Xavier Dolan, 2016) es un hecho y una metáfora. Retrata exactamente la explosión de los mundos internos de sus personajes donde el eje central es el desahucio de su protagonista Louis, (Gaspard Ulliel) que tiene el tiempo contado. Él es la catástrofe y al mismo tiempo un Dios que con su sola presencia los demás buscan redimirse y sacan el demonio que los atormenta.

No es más que el fin del mundo es el choque entre dos estados de conciencia: la paz y el caos, de quien ha aceptado su muerte por anticipación y los que continúan viviendo una vida conflictiva. Lo espiritual y lo mundano.

Louis (Gaspard Ulliel) regresa a su casa después de 12 años. Con el propósito de pasar sus últimos días cerca de su familia. Se alejó para evitar confrontar su presente y regresa para convivir con unos desconocidos que aún siguen siendo parte de su vida. La madre (Nathalie Baye) que sigue siendo el pilar moral y emocional de la familia. Suzanne (Léa Seydoux), la hermana menor que vive en hastío ante su vida rutinaria,  infeliz y con cierto rencor hacia Louis que se fue de su lado y al cual muchas veces lo necesitó, ya que su hermano mayor, Antoine (Vincent Cassel) nunca contó con él y existe una cierta desconfianza e indiferencia. Éste vive amargado y con un sentir de fracaso ante su vida, está casado con Catherine (Marion Cotillard) una esposa sumisa que ama a su marido, comprende y respeta a la familia en la que vive. Tiene un afán por expresar sus ideas y sentimientos pero pareciera que no puede lograrlo ante la mirada persistente de su marido, que la critica en todo momento. Con la llegada de Louis, ella siente cierta confianza, respeto y comprensión hacia el joven que se reflejará en su mirada.

¿Es recomendable preparar a la familia ante un hecho doloroso o es mejor llegar inesperadamente para revelarlo? Ésta última se contradice con el dolor que el protagonista siente pues las bienvenidas son sinónimo de alegrías y recuerdos del pasado pero este regreso a casa es atípico, no es como todos los regresos y las bienvenidas. Conlleva una gran verdad dolorosa que solo una persona con estabilidad espiritual podría detectar y que en este caso representa Catherine.

El título No es más que el fin del mundo es una connotación a la burla, a la falta de seriedad y de tacto  hacia una persona desahuciada. Pareciera que hace referencia a minimizar el caso, cual un chiste fuera. En el filme no existe la denotación de ese sentido pero se llega a deducir ante la realidad inesperada a la que se enfrenta Louis.

El final de Louis es como él mismo la había forjado. Morir lejos e ignorado de su familia. Es lo más digno y feliz. Ya que regresar para morir es llevarles el dolor o en otra circunstancia, el cadáver para llorarle mientras que fallecido queda librado de responsabilidades que en vida debió reconciliar. El perdón de madre se antepondría a todas los diagnósticos posibles no así del resto de la familia que lo tomarían con cierto desdén.

Xavier Dolan se esforzó en retratar la pureza de las expresiones y estados de ánimo de sus personajes a través de los acercamientos de cámara y ante todo las actuaciones de sus personajes, que en este caso el de Gaspard Ulliel y la de Marion Cotillard fueron excepcionales.

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