La paradoja de la guerra

Francisco Encarnación Vázquez.

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(Este escrito es parte de un ejercicio de Escritura Avanzada y está inspirada en un texto de Antonio Machado y por lo tanto vino a ser parte de un tema en clase: la paradoja, como una forma de desarrollar la escritura)

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     La verdad de las cosas y sucesos son como una lucha incesante entre lo bueno y lo malo, donde ambos se matrimonian para engañarnos de una forma aparente, vistiéndose de blanco y de negro pero en el fondo sabemos que la verdad está en el gris que no vemos. Es así como nos quedamos en un color sin avanzar hacia adentro para descubrir lo que aguarda en su interior. Así es la verdad, aparente o relativa; y refleja el punto de vista de quien lo argumenta o lo demuestra con hechos, igual que la relatividad de Einstein.

     Todo está regido bajo la ley de la polaridad, sólo así existe un sentido para la explicación misma. La mezcla de dos polos vendría a representar una paradoja. La cual puede utilizarse para despistar al enemigo o de otra forma, para esconder y encontrar una verdad argumentada.

     En uno de sus textos en Desde el mirador de la guerra, Antonio Machado utiliza dos conceptos totalmente contradictorios para explicar lo que se esconde en cada una de ellas: la guerra es al mismo tiempo un pacto de paz. Que sólo los dementes podrían estar de acuerdo con tal aberración dirían las personas irreflexivas o miopes. Entonces los gregarios pacifistas gritarán con mayor fuerza: ¡Hagamos el amor y no la guerra!

     No hay mal que por bien no venga es la tesis que Machado trata de sacar sobre las guerras. Este dicho es significativo para quien lo pronuncie, y desde los escombros de la pobreza se develan quienes agradecen y avizoran en la monstruosa contienda de las guerra; un mal menor, una guerra menor.

     Así la guerra, al menos llena la panza de los hambrientos. Da una oportunidad a los que no la tenían en la paz. Por valerse de los tiempos estruendosos y edificios carcomidos es temporada para los desgraciados, los marginados y los relegados. Por lo menos existe una mínima de justicia en nombre de las explosiones de allá afuera.

     Es temporada de mercenarios. Tal como sucedió al personaje de Ahmed (Mandarinas, 2013, Zaza Urushadze) un asesino a sueldo que vio en la guerra entre Georgia y Abjasia de 1992 su oportunidad por un lado, luchar por su patria y por el otro, ganarse la vida matando a enemigos desconocidos.

     Sólo valoraremos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Aun con la paz buscamos vicios para destruirla, así llega la guerra; lloramos y añoramos la paz, pero por el momento tendremos que aprender a vivir en la guerra. Es ahí que el hambriento se da cuenta que puede echar mano de ese lapso horroroso para sobrevivir.

     La paz en países prósperos es dar a la clase trabajadora lo justo y lo necesario para su sobrevivencia. Hay paz ubérrima porque los millonarios y grandes empresarios tienen lo que necesitan y se valen de los más pobres para sostenerse. Así funciona el sistema económico en el mundo: desempleo y trabajos deplorables; salarios y pensiones míseros. La ausencia de la guerra está dada por la contradicción entre la oferta y la demanda de la pobreza y la riqueza.

     La paz dejará de ser monstruosa cuando exista una justa y equitativa forma de repartir la riqueza. Será plena cada vez que la codicia aminore, la hermandad y la empatía suban como la espuma sin que exista una diferencia en color y altura. Entonces, y solo entonces jamás necesitaremos del oportunismo de las guerras para alimentarnos.

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